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18 Marzo, 2022

Durante un viaje por Botswana, la primera vez que fui a África, acampé en un lugar llamado Elephant Sands. Hacía mucho calor y nada más llegar, nos fuimos a beber algo fresco en su bar. El principal atractivo de este alojamiento es que tiene una terraza desde la que se ve una charca natural. Al otro lado de la misma hay una hilera de cabañas que se alquilan y también las zonas de acampada como la nuestra. Mientras uno está tomando algo o bañándose en la piscina puede ver a los elefantes llegar con sus pesados y secos cuerpos desde el bosque, o aparecer repentinamente entre las cabañas.

Nunca he visto nada tan silencioso como un elefante. Estaba organizando mi mochila al lado de la tienda de campaña y de pronto sentía una sombra pasar y me sorprendía descubrir que no había provocado ni el más mínimo crujido de una rama con esas inmensas patas. Por la noche llegaban a docenas y los veías arremolinados en la charca disfrutando su soledad compartida. Era una imagen fantasmal porque sus ojos brillan de un modo particular pero no se puede deducir el tamaño de su cuerpo en la oscuridad.

Les encanta jugar con el agua, retozar y echársela por encima. Utilizan el barro para no quemarse la piel y cuando este se seca y resquebraja sobre su lomo, su cuerpo parece una escultura rota. Se agolpan donde el agua está más fresca, incluso creando a veces un conflicto entre ellos.

La última mañana que pasé aquí estuve leyendo sentada en un pequeño porche del bar acompañada por los estorninos metálicos –cuyo color es una de las cosas más bellas de la naturaleza- y los calaos –otros pájaros que me fascinaron-. La gente estaba nadando en la piscina o charlando en la barra, y había un grupo numeroso de magníficos elefantes jugueteando en la charca. Créanme que es difícil concentrarse en un libro cuando uno tiene delante semejante espectáculo. Es una suerte poder observarles a tan poca distancia. Por supuesto la charca tiene una zona de seguridad, una barrera de cemento con pinchos para que estas poderosas criaturas no tengan la tentación de subirse a la zona donde el público disfruta de su presencia.

En un momento dado, levanté la vista de mi libro y miré a la manada. Había un elefante en la parte izquierda que estaba muy quieto mirándome fijamente. Mientras los demás jugaban y se tiraban agua unos a otros, este permanecía extrañamente atento a mí. Me levanté de la silla y me acerqué al borde de la terraza, nos separaban apenas diez metros, y me moví de un lado a otro para cerciorarme de que, efectivamente, no dejaba de seguirme con la mirada. Se produjo entonces una conexión mágica entre nosotros.

No tengo ni idea de cómo se calcula la edad de un elefante, pero aquél parecía más viejo que el resto. Su piel de lija gris estaba especialmente arrugada y acartonada. Nos mirábamos uno al otro y tuve la seguridad de que él intentaba decirme algo con sus ojos.

He leído en alguna parte que los elefantes saben cuándo van a morir y pensé, por un instante, que este, mi elefante, sabía que ese momento estaba muy próximo y tal vez sentía la necesidad de despedirse.

Pensé, también, que la gente tiene perros, gatos y ese tipo de mascotas, pero nadie tiene un elefante. Tal vez todo el mundo debería tener uno en su vida. Yo acababa de encontrar el mío. Mejor aún: él me había encontrado a mí. O me había dado el privilegio de elegirme. Así que antes de irme, sin saber lo que podría ocurrir mañana, cualquiera que fuera el destino, nos miramos por última vez y nos deseamos, uno al otro, buen viaje.

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